Romper el Ciclo
Michelle Posada y Denise Lechuga
30 de Junio, 2026

Hay experiencias en una carrera profesional que terminan por acompañarnos mucho después de que ocurren. No necesariamente porque hayan sido las más importantes desde el punto de vista técnico o porque marcaran un punto de inflexión en nuestra trayectoria, sino porque modificaron la forma en que entendemos el trabajo, el liderazgo y el éxito.


Llorar frente a una computadora mientras intentas terminar un escrito pocas horas antes de un examen final. Presentarte en una audiencia o en un juzgado apenas unos días después de una cirugía porque sientes que no puedes faltar. Despertar de madrugada para responder correos con urgencia. Pasar un día entero sin comer porque el trabajo parece más importante que cualquier otra necesidad. Permanecer en silencio frente a una duda por miedo a que alguien piense que no eres lo suficientemente capaz.


Durante el inicio de nuestra carrera pensamos que esas situaciones eran parte natural del camino para convertirse en una buena abogada. Hoy nos preguntamos si realmente tenían que serlo.


Con frecuencia se habla de las experiencias difíciles como oportunidades de aprendizaje, y sin duda muchas lo son. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre aprender de algo y convencerse que aquello debe repetirse. Conforme hemos avanzado en nuestras carreras y hemos comenzado a asumir mayores responsabilidades dentro de nuestros equipos, hemos descubierto que una de las decisiones más relevantes que enfrenta cualquier profesional consiste precisamente en determinar qué elementos de su propia formación vale la pena preservar y cuáles es necesario dejar atrás. En otras palabras, llega un momento en el que cada persona debe decidir si reproducirá las dinámicas que la formaron o si intentará construir algo distinto para quienes vienen detrás.


Esa reflexión adquiere una dimensión particularmente importante en una profesión como la nuestra, donde buena parte del aprendizaje ocurre a través de la observación cotidiana y la interacción permanente con otros. 


Por esa razón, cuando pensamos en las personas que más contribuyeron a nuestra formación profesional, no recordamos únicamente a quienes tenían los conocimientos más sofisticados o la trayectoria más impresionante. Recordamos también a quienes encontraban tiempo para, por un momento, dejar a un lado su cúmulo de responsabilidades para escuchar, y hacer sentir visto al otro; aquellos a quienes hacían sentir que una pregunta era bienvenida y no una molestia, a quienes entendían que el talento no surge de manera espontánea, sino a través de mentoría y liderazgo de alto valor, y que formar a otra persona requiere una inversión deliberada de tiempo, atención y paciencia. 


Esta convicción nace, en buena medida, de haber conocido también la experiencia contraria. Muchas abogadas han pasado por entornos en los que se espera que una persona recién llegada actúe como si ya contara con años de experiencia, donde las explicaciones son sustituidas por instrucciones y donde los errores son tratados como evidencia de incapacidad en lugar de oportunidades de aprendizaje. Sin embargo, resulta difícil comprender cómo alguien podría desarrollar criterio profesional sin que exista un espacio para hacer preguntas, contrastar ideas y entender el razonamiento detrás de una decisión. En una disciplina basada en el análisis y la argumentación, la formación no puede reducirse a la ejecución mecánica de tareas o a expectativas inalcanzables y sin sentido.


Conforme hemos tenido la oportunidad de acompañar a personas más jóvenes en su desarrollo profesional, hemos confirmado algo que intuitivamente ya sabíamos: la exigencia y el liderazgo con humanidad no son conceptos incompatibles. Las mejores experiencias de liderazgo que hemos observado no son aquellas que eliminan un alto estándar, sino las que logran que los estándares se conviertan en un objetivo compartido y no en una fuente permanente de ansiedad.


Al mismo tiempo, la idea de romper ciclos no se limita a la forma en que tratamos a otras personas. También implica revisar las expectativas que hemos construido sobre nosotras mismas. Durante mucho tiempo asociamos el éxito profesional con la capacidad de soportar más horas de trabajo, asumir más responsabilidades y estar permanentemente disponibles. 


Como muchas mujeres de nuestra generación, crecimos con la convicción de que debíamos demostrar constantemente nuestro compromiso y nuestra capacidad, incluso cuando ello implicara relegar aspectos fundamentales de nuestra vida personal. 


En distintas etapas de la vida, esta reflexión adquiere nuevos matices. La llegada de la maternidad, por ejemplo, obliga a reconsiderar muchas premisas que antes se presentaban como indiscutibles. De pronto, el éxito deja de medirse exclusivamente en función de ascensos o títulos de posgrado, y comienza a incluir preguntas relacionadas con la calidad de vida, la presencia en los momentos importantes y la posibilidad de construir una carrera que conviva en armonía con otras dimensiones de la identidad personal. Lejos de disminuir la ambición profesional, esta perspectiva la vuelve más compleja y, quizá, más consciente.


Algo similar ocurre cuando comenzamos a asumir responsabilidades de liderazgo o mentoría. Es entonces cuando descubrimos que una carrera profesional no se construye solo a través de asuntos ganados o promociones, sino también mediante las relaciones que desarrollamos, la confianza que generamos y las oportunidades que ayudamos a crear para otras personas. En ese sentido, el liderazgo puede entenderse como una forma de legado que se construye en lo cotidiano: una serie de decisiones aparentemente pequeñas que terminan moldeando la experiencia profesional de quienes nos rodean y que influyen de manera determinante y positiva en su desarrollo personal.


Tal vez por eso nos parece que una de las conversaciones más relevantes para las mujeres en el ámbito profesional consiste en cuestionar qué entendemos por éxito y qué estamos dispuestas a normalizar para alcanzarlo. Si las nuevas generaciones de abogadas heredan exactamente las mismas presiones, los mismos miedos y los mismos modelos de desgaste que nosotras recibimos en ciertos capítulos de nuestra trayectoria, entonces habremos desaprovechado una oportunidad importante para cambiar el rumbo. En cambio, si logramos conservar la excelencia, la disciplina y el compromiso que distinguen a nuestra profesión, pero acompañados de mayor empatía y una comprensión más amplia y humana de lo que significa tener una vida plena y equilibrada —tanto en lo humano como en los profesional—, estaremos sentando precedentes para abrir paso hacia algo mejor.


Con los años, hemos descubierto que romper un ciclo no se trata de rechazar el pasado, sino que implica reconocer aquello que nos formó, agradecer lo que nos permitió crecer y, al mismo tiempo, tener la valentía de eliminar aquello que ya no debería repetirse. Y es que quizá esa sea una de las responsabilidades más importantes que adquirimos con la experiencia: utilizar lo aprendido no para perpetuar inercias o repetir patrones, sino para abrir posibilidades distintas para quienes vienen detrás y, sobre todo, para nosotras mismas.


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de sus autoras y no necesariamente reflejan la posición de Abogadas MX.

Michelle Posada

Michelle Posada es Asociada en Pérez-Llorca México desde el 2023. Con una experiencia consolidada de más de 7 años en asuntos de competencia económica, Michelle se destaca como una profesional versátil con una sólida trayectoria tanto en el sector público como en el privado. Iniciando su carrera en dos destacadas firmas de abogados y, posteriormente en la Autoridad Investigadora de la Comisión Federal de Competencia Económica. Michelle desempeñó un papel crucial en investigaciones y procedimientos seguidos en forma de juicio que abarcaron diversos sectores.

Denise Lechuga

Denise Lechuga es especialista en derecho laboral empresarial con 15 años de experiencia en el manejo de relaciones laborales, implementación de estrategias corporativas, compliance y litigio individual y colectivo para empresas nacionales y extranjeras. Actualmente es asociada de Pérez-Llorca en México. Su práctica incluye la asesoría técnica especializada en asuntos laborales para la prevención de contingencias y aseguramiento en el cumplimiento y calidad de los procesos derivados de las relaciones laborales.

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