De Kurt Cobain, identidad, 2026...
Begoña Cancino
03 de Febrero, 2026

Mis 17 años me sorprendieron en mi natal Chiapas, en mi “rebeldía preparatoriana” formando parte de un

grupo musical en el que coreaba canciones de Caifanes, Santa Sabina, La Cuca, La Lupita, Cafe Tacvba,

pero también de nuestros ídolos extranjeros del momento, porque sí, los más viajados sabrán que en

Chiapas además de “Rock en Español” desde que iniciaron, oíamos a Nirvana, Pearl Jam, Stone Temple

Pilots, Smashing Pumpkins... pero ese es otro sesgo del que hablaremos en otra oportunidad, hoy

hablaremos del sesgo que hay sobre quienes parecen tenerlo todo y en realidad han perdido más en el

camino.


Era 1994 y sabrán a donde voy, el caos apareció como es, sin aviso. Además de iniciar el año como el

epicentro global de una guerra que nuestra mente casi infantil jamás habría imaginado; digerir las

imágenes en cadena nacional y sin censura, del acto que cegó la vida de un joven candidato apasionado y

lleno de planes -como cualquiera de nosotros pudiera sentirse en ese momento-, por si fuera poco, mi

generación aún menor de edad y con poco entendimiento de lo que realmente nos impactaba política, social

o económicamente, tuvo que lidiar en tan solo 4 meses con todo eso y con la pérdida de Kurt Cobain,

alguien tan cercano a nuestro cotidiano, nuestro acompañante de aventuras, soledades, cuestionamientos

y un ídolo para muchos de aquella generación que entonces comprendía,sin saberlo, aquella frase queDon

McLean refirió en 1971 como “the day the music died...”


Pero aunque para esa generación en esos cuatro meses pudo morir la inocencia y muchas certezas básicas

sobre el mundo, que hoy suelen darse por hecho a esa edad, la música de Nirvana no murió, porque desde

entonces y hasta el momento, no hay una sola persona que no vibre ante los primeros acordes de “Smells

like teen spirit” o que hasta piense que “The man who sold the world” fue creada por Kurt, cuando en

realidad, fue compuesta por el grande David Bowie, a solo 3 años de que Cobain viera la primera luz de su

existencia... es curioso pero esa interpretación, que formó parte del MTV Unplugged de Nirvana, álbum

que aunque se grabó el 14 de diciembre de 1993 (el mero día de mi cumpleaños 17) se lanzó hasta

noviembre de 1994 -ya sin Kurt Cobain en este plano-, fue una de las pocas versiones que su autor declaró

realmente haber disfrutado escuchar. Bowie describió la versión de Cobain como “especialmente triste y

cargada de sentido”, una interpretación honesta y emocional, por eso Bowie entendía que se pensara que

la canción era de Cobain, porque en su sensibilidad percibió que no solamente la interpretaba, sino que la

habitaba.


Por eso tampoco fue casualidad que Kurt eligiera esa canción en el repertorio de su unppluged. El solía

decir lo que percibía del mundo y su forma de estar en él dentro de sus canciones, como fragmentos de una

conciencia “incómoda”, pero al parecer, no había otra como esa que pudiera reflejar exactamente lo que

vivía en ese momento, porque la letra habla del desdoblamiento y de la identidad perdida; habla de no

reconocer en aquello en lo que te has convertido, en su caso, un ícono contra su voluntad -más allá del

músico que disfrutaba su oficio en la soledad-, una maquinaria económica y comercial, alguien que ya no

se pertenecía a sí mismo, alguien que se “vendió” y ya no sabía quién era. Bowie lo entendió porque él

escribió mucho desde identidades rotas, se hizo y rehízo miles de veces a lo largo de su vida, pero no todos

lo logran.


En una entrevista de 1993, Kurt Cobain reaccionó con incredulidad cuando se le mencionó que artistas

como Madonna cobraban US$50 dólares como entrada a sus conciertos -cuando ellos cobraban tan solo

US$17-, no atacó a la artista, pero sí al negocio de la música comercial y lo que percibían ellos como el

espíritu auténtico de la música en vivo.


En su carta póstuma, Cobain decía que ya no sentía la emoción de crear, ni tocar música, que su mayor

angustia no era el dolor físico, sino por no sentir nada auténtico, que odiaba fingir entusiasmo, se acusaba

de continuar cuando ya no sentía el mismo motor. Su carta es una obra literaria que complementa la

musical de Bowie, “no quiero vivir mintiendo sobre quien soy”, por eso cuando oigas la versión unplugged

de Nirvana de “The Man who sold the world” seguramente te va a remover, porque por momentos su voz

se desgarra, se siente, se murmura... porque eso no se actúa.


No podemos explicarnos sin lo que hemos vivido por dentro, pero tampoco por fuera, cada quien tiene

cargas de ambos tipos. Encontrarte contigo mismo y no reconocerte, como si algo propio ya no te

perteneciera, rompe la identidad de cualquiera, es una experiencia real, frecuente y peligrosa si la dejamos

pasar, nombrar es lo primero, seamos empáticos con nosotros mismos y con quienes nos confían esto,

pedir ayuda no es debilidad. El desdoblamiento identitario no mata porque duela, mata porque aisla, y lo

único que impide es la presencia de otros que no te pidan fingir, hoy más que nunca hay que hablar de ello,

acompañarnos, explicarnos, solo así podemos entendernos, evitar guerras, asesinatos, suicidios. Hagamos

un año diferente este 2026, de más entendimiento y tolerancia intergeneracional, de menos boomers, “x”,

millenials, zentenials... atravesemos juntos!


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.

Begoña Cancino

Begoña Cancino es Consejera de Abogadas MX y  Fundadora de BCG Law IP&Fashion. Cuenta con 25 años de ejercicio profesional ininterrumpido en el ámbito de la propiedad intelectual y el litigio administrativo, Begoña ha construido una trayectoria sólida tanto en el sector público como en el privado, iniciando en el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial y, posteriormente, como socia de la práctica de propiedad intelectual en Creel, García-Cuéllar, Aiza y Enríquez, donde asesoró operaciones de fusiones y adquisiciones de alto perfil y lideró estrategias de protección de activos intangibles para empresas nacionales y extranjeras. Desde hace cuatro años encabeza su práctica independiente, abriendo camino en áreas emergentes como el derecho de la moda, combinando la gestión del patrimonio cultural y el litigio estratégico con una visión ética, cultural y de negocio. Formada en la Universidad La Salle, con especializaciones en Yale, Fordham, Buenos Aires, Salamanca, UCIIIM y el Politécnico de Milán, es autora y conferencista recurrente en universidades y foros en México y en el extranjero. Fundadora y coordinadora del Comité de Derecho de la Moda y miembro del Consejo Directivo Nacional de la ANADE, representante del capítulo mexicano del Consejo Superior de la American Bar Association y de la Comisión de Inclusión del Consejo Coordinador Empresarial.

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