La crianza no es un asunto privado: es de interés social
Geraldina Chávez y Selene Villafaña
20 de Mayo, 2026

El concepto del ejercicio de la abogacía siempre ha sido la de una carrera de fondo: horas facturables infinitas, disponibilidad 24/7 y una competitividad feroz. Pero, ¿qué sucede cuando entra en juego la vida personal? Históricamente, el sistema ha tratado la "maternar" como un asunto privado, ha sido incluso un "obstáculo" en la carrera de las abogadas o, en el mejor de los casos, un periodo de pausa que debe gestionarse con discreción en la intimidad del hogar.


Es hora de cambiar el enfoque. La crianza no es un asunto doméstico ni un deseo personal: es la inversión más rentable para el bienestar social, y las firmas (y en general las empresas), como actores clave para el desarrollo de la sociedad, tienen una responsabilidad ineludible en este proceso.


Detrás de la presión del sector subyace un error conceptual profundo: creer que los hijos “solo son problema” de sus madres. Debemos recuperar una verdad esencial que la prisa del mercado y el sistema ha borrado: los niños son de todos. No en un sentido de propiedad, sino de responsabilidad colectiva y social


La historia de la supervivencia humana hasta nuestros días no puede entenderse sin reconocer la profunda responsabilidad colectiva que ha marcado la crianza desde tiempos inmemoriales. En las primeras comunidades nómadas, cuidar al más vulnerable no era un acto opcional, sino una condición esencial para la existencia misma: proteger a las infancias de los depredadores, alimentarlas de manera compartida y garantizar su desarrollo constituía una tarea comunitaria, una corresponsabilidad que aseguraba la continuidad del grupo. La crianza, en ese sentido, no era privada ni aislada, sino un pilar estructural de la vida social y de la preservación de la especie.


Hoy en día, sin embargo, bajo la lógica individualista del “tu niño, tú hijo : tu problema”, hemos desdibujado ese tejido colectivo que sostenía a las familias, a las infancias y, en última instancia, a la propia sociedad. Se ha normalizado el señalamiento, la crítica y la vergüenza hacia madres y padres que, en realidad, crían y sostienen en sus manos lo más valioso e importante que tenemos como sociedad: las nuevas generaciones. Esta ruptura del acompañamiento comunitario no es menor; tiene consecuencias profundas. Al desvincularnos como sociedad de la crianza, estamos propiciando entornos donde muchas infancias crecen sin la presencia, el apoyo, el apego seguro y la red de cuidado que requieren para desarrollarse emocional y psicológicamente de una manera plena y feliz.


Reivindicar la crianza como una responsabilidad social compartida no es una idealización del pasado, sino una urgencia del presente. Únicamente a través del reconocimiento de que el bienestar de la niñez es un asunto colectivo y de responsabilidad socialpodremos construir comunidades más sanas, empáticas y sostenibles. Porque, al final, la forma en que cuidamos a nuestras infancias define el futuro que estamos construyendo como sociedad.


Los niños que hoy cuidamos son los ciudadanos del mañana, los médicos que nos atenderán en nuestra vejez, los juristas que defenderán nuestros derechos y los políticos que definirán el rumbo del país. Si el beneficio de una crianza sana es universal, la carga de esa crianza no puede recaer exclusivamente en los hombros de las familias, y mucho menos solo en los de las mujeres.


Para que el concepto de que "los niños son de todos" sea real, debemos romper el estigma de que el cuidado es una tarea femenina. “Maternar” es un verbo con sentido social, no biológico.


Un sistema que solo ofrece flexibilidad a las madres está, en el mejor de los casos, condenando a las mujeres a la "vía lenta" profesional, y privando a los padres de su derecho a cuidar; en el peor y mayoría de los casos, priva a los menores de gozar una infancia en la que gocen del acompañamiento físico y emocional de sus padres. En cualquier supuesto, la sociedad se ve impedida para tener integrantes con un desarrollo emocional más sólido, vínculos más equitativos y una corresponsabilidad real en la crianza.


La verdadera justicia social en la abogacía llega cuando las firmas fomentan activamente que las mujeres puedan ser unas madres presentes y los abogados varones ejerzan su corresponsabilidad: que se ausenten para una tutoría, que reduzcan su jornada, que cuenten con horarios flexibles o que se desconecten para bañar a sus hijos sin miedo al juicio de sus pares o superiores. Solo cuando el cuidado y la crianza es una norma, obligación y derecho para todos, deja de ser una penalización para una sola.


Las firmas y empresas no pueden ser islas ajenas a la realidad social. Como entidades generadoras de riqueza y cultura, promotoras de la justicia social, son corresponsables del futuro. Una política de crianza valiente no es un "regalo" o un beneficio corporativo; es una decisión ética que reconoce que las firmas o empresas son parte de la comunidad que esos niños integrarán.


Sin embargo, en esta era moderna, muchas empresas implementan el home office como un supuesto beneficio, pero sin establecer límites claros respecto de horarios, tiempos de descanso y derecho a la desconexión digital, provocando que la jornada laboral se extienda indefinidamente dentro del hogar. Ello termina afectando no sólo el bienestar físico y emocional de las madres, sino también una crianza presente, equilibrada y de calidad, fundamental para el adecuado desarrollo emocional y afectivo de los hijos durante sus primeras etapas de vida.


La corresponsabilidad implica una flexibilidad con sentido social: facilitar la conciliación no es una concesión, sino una forma de proteger el tejido del futuro. Desde esa perspectiva, el liderazgo juega un papel decisivo. Cuando los encargados de tomar decisiones administrativas dentro de las organizaciones hablan con naturalidad de su vida familiar y visibilizan la importancia del cuidado y la crianza, ayudan a desmontar la idea de que el éxito profesional está reñido con la presencia en el hogar; por el contrario, validan que es posible ser un abogado de alto desempeño y, al mismo tiempo, un padre o madre presente.


En este marco, la forma de evaluar el trabajo también debe evolucionar. Sin renunciar al valor del encuentro presencial, que sigue siendo clave para la colaboración, la cultura y la calidad del servicio, el foco debe desplazarse hacia el impacto real y los resultados. Se trata de encontrar un equilibrio donde la presencia sume, pero no sea la única medida de compromiso, reconociendo que el verdadero valor reside en la contribución efectiva y sostenida de cada profesional.


La crianza en la abogacía, y en cualquier profesión, no debería ser un acto de heroísmo individual ni privilegio de unos cuantos. Si queremos una justicia realmente humana, debemos empezar por humanizar las estructuras donde se ejerce. Los despachos y empresas tienen hoy la oportunidad de dejar de ser simples centros de facturación para convertirse en pilares de la reconstrucción social.


Porque cuando un abogado o una abogada puede criar en plenitud, no solo gana su familia: gana la excelencia del despacho y gana la sociedad entera. Porque, al final del día, esos niños también son nuestros.


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.

Geraldina Chávez

Geraldina Chávez es Asociada Senior en Tsuru, Aquique, Rangel y Pérez, con una trayectoria de más de 15 años en derecho corporativo, negociación contractual y estrategia legal para empresas nacionales e internacionales. Su experiencia abarca sectores como retail, automotriz, consumo, farmacéutico y tecnología. Es egresada de la Escuela Libre de Derecho y perito traductor autorizada a nivel federal y por el Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de México. Actualmente, enfoca su práctica en gobernanza de inteligencia artificial, derecho del entretenimiento y en estructuras contractuales para modelos de negocio emergentes y contratos atípicos.

Selene Villafaña

Selene Villafaña es abogada senior en Tsuru y experta en litigio de Propiedad Intelectual, con más de 10 años de experiencia en la protección de activos intangibles de empresas nacionales e internacionales. Su práctica se centra en disputas complejas relacionadas con marcas, patentes, derechos de autor, competencia desleal, falsificación y piratería, así como en el diseño de estrategias de enforcement y programas de capacitación dirigidos a autoridades aduaneras. Ha participado activamente en publicaciones especializadas en propiedad intelectual y protección de derechos en México, colaborando con medios internacionales como WIPR, Mondaq, Lexology e International Law Office.

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