Presencia que evoluciona
María José Sánchez y Daniela Hidalgo
29 de Septiembre, 2026

Son las diez de la noche y llega un mensaje de trabajo. El día fue largo, el mensaje no parece urgente. ¿Lo contestamos? ¿Lo dejamos para mañana? ¿Y si quien lo envió espera una respuesta inmediata? ¿Y si no la espera, pero de todos modos sentimos que deberíamos responder?


Algo parecido ocurre con una cláusula que podría resolverse en tres párrafos bien redactados, pero termina convirtiéndose en seis páginas. A veces no sabemos muy bien en qué momento una cuestión sencilla adquirió tanta formalidad, tantos intercambios y explicaciones. 


Aunque parezcan situaciones distintas, ambas tienen algo en común: hablan de una cultura profesional en la que la disponibilidad y las formas se han convertido, muchas veces, en una manera de demostrar compromiso y profesionalismo.


Durante mucho tiempo, los despachos se construyeron alrededor de una idea bastante precisa de lo que significaba ser un buen abogado: estar incondicionalmente disponible, responder de manera inmediata, blindar cada documento con lenguaje jurídico dirigido estrictamente para abogados, ser consciente de las reglas no escritas y demostrar, de una u otra manera, que el trabajo siempre es la prioridad. Muchas de estas características siguen formando parte de la cultura de la práctica legal, incluso cuando las condiciones de trabajo y las personas que los integran han cambiado.


Hoy hay cada vez más mujeres en el mundo profesional jurídico y, aunque nuestra incorporación no obliga por sí misma al cambio de la perspectiva de un “buen abogado”, sí abre una oportunidad para preguntarnos qué aspectos de ese modelo siguen siendo necesarios y cuáles se pueden mejorar.


Las mujeres hemos llegado a un espacio cuyas reglas se establecieron, en buena medida, antes de que nuestra presencia fuera tan amplia. A eso se suma que los roles que suelen asumir las mujeres en la sociedad conllevan una carga mayor de responsabilidades cotidianas, lo que nos obliga a administrar el tiempo de otra manera. Esa experiencia puede hacer más evidente el costo de ciertas dinámicas y llevarnos a buscar soluciones más prácticas y eficientes, sin descuidar la calidad del servicio prestado.


La búsqueda de esa practicidad y eficiencia también puede trasladarse a la manera en que entendemos la formalidad. Hay formas que son necesarias: ayudan a construir confianza, a ordenar las relaciones, a mantener estándares profesionales y brindar seguridad jurídica; pero otras pueden terminar protegiendo más la tradición que el resultado que buscamos obtener. Una negociación puede convertirse en una competencia implícita; una diferencia profesional en una guerra de egos; un avance profesional en la errónea creencia de que el progreso de uno exige el estancamiento de otro; una solución sencilla en un intercambio innecesariamente complicado.


No se trata de decir que existe una manera masculina y otra femenina de trabajar, ni de pensar que las mujeres llegamos a los despachos con una agenda de ruptura. Muchas de nosotras, si no es que cada una de nosotras, aprendimos a operar con las reglas existentes para poder crecer dentro del sistema ya establecido. Pero, aunque no traigamos una agenda de ruptura, vale la pena reconocer que nuestra participación actual puede llevar aparejada, casi de forma natural, una evolución que nace desde dentro y que parte de la premisa de que siempre se puede mejorar, cuando se consideran las aportaciones y necesidades de cada uno.


Puede empezar con cosas pequeñas: guiar al equipo durante su desarrollo profesional en vez de esperar que enfrente cada reto por su cuenta, delegar mejor, hacer más eficientes las reuniones, respetar el tiempo de los demás dentro y fuera del horario laboral, hablar con los clientes sobre expectativas de tiempo razonables y necesarias en cada situación o, simplemente, dejar de interpretar cada situación como una emergencia.


Parte de esa evolución pasa también por cómo entendemos la disponibilidad fuera del horario de trabajo y la flexibilidad en la forma de ejercer la profesión. No se trata únicamente de debates laborales o de políticas internas, sino de algo más de fondo: qué relación queremos tener con el tiempo, con la presencia y con la idea de que estar siempre al alcance es sinónimo de compromiso y profesionalismo. En una profesión acostumbrada a trabajar bajo presión y a responder con rapidez, quizá valga la pena preguntarnos qué parte de esa dinámica es realmente necesaria y cuál hemos adoptado por costumbre.


La creciente presencia de mujeres en los despachos no va a transformar, por sí sola, la manera de trabajar, pero sí amplía las experiencias desde las que se piensa la profesión y, con ello, las preguntas sobre cómo queremos ejercerla. 


*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de sus autoras y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX:

María José Sánchez

María José Sánchez Aldana es asociada de Pérez-Llorca México. Es licenciada en Derecho por la Universidad Panamericana. Su experiencia abarca múltiples áreas de práctica tales como propiedad intelectual, franquicias y licencias, corporativo, tecnologías de la información, comercio electrónico y protección de datos personales.

Daniela Hidalgo

Daniela Hidalgo es asociada de Pérez-Llorca México. Es licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México. Cuenta con una sólida experiencia asesorando a empresas nacionales y multinacionales de diversos sectores, organizaciones de la sociedad civil, así como a personas físicas nacionales y extranjeros, en temas fiscales y de seguridad social.

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