Reflexiones de un día con burnout

El burnout parece haberse convertido en el síntoma por excelencia de éxito… al menos entre muchas mujeres, especialmente de nuestra profesión. Cuanto más cansada, más importante; cuanto más agotada, más valiosa; cuanto más café tomes, más comprometida.
Sí, todo logro requiere esfuerzo —eso no se discute—, pero ¿a qué costo?
¿De verdad es el precio que debemos pagar?
¿O más bien hemos normalizado la idea de que para merecerlo hay que sufrirlo, para legitimarlo o justificarlo?
Yo, que tengo la fortuna de estar rodeada de muchas amigas y colegas abogadas exitosas y admirables, me he dado cuenta de que en el 90% de nuestras conversaciones parece que competimos por quién está más cansada: que si respondí correos en vacaciones, que si tomé una llamada en la playa, que si trabajé el fin de semana, que si solo dormí cuatro horas.
Más que crítica, lo digo como reflexión de una fiel competidora en la carrera de relevos del cansancio. En cuanto intento desconectarme, aparece la culpa por no estar disponible, y entro en un círculo vicioso: duermo, pero no descanso; llega el domingo y me invaden los temidos sunday scaries, y me vuelvo a sentir como niño sin cartulina en domingo en la noche.
Y creo que esa sensación nos resulta familiar a la mayoría, sin importar el lugar donde trabajamos o la flexibilidad que tengamos. Porque al final no depende del modelo que tengan en nuestro trabajo, sino del modelo que acordamos con nosotras mismas: qué estamos dispuestas a entregar, a qué costo, y qué no estamos dispuestas a sacrificar para sentirnos “exitosas”.
Entonces… ¿el éxito se puede disfrutar sin ojeras?
La verdad, no lo sé. Pero decido pensar que sí, que el éxito también es compatible con la producción de colágeno.
Y esto no quiere decir que tengas que renunciar y dedicarte a vender collares en la playa… (o sí, si eso te hace feliz). Pero no siempre se trata de cambios radicales: a veces basta con tomar pequeñas medidas que nos devuelvan un poco de paz mental.
En mi caso, mi cuerpo a veces me pide no hacer ejercicio, dormir una hora más, no peinarme (a veces abuso ), tomarme un cafecito con calma a media mañana de caos, cerrar la computadora una hora antes o incluso decir que no a ciertas personas y llamadas.
¿El mundo se va a acabar? No.
¿Tu empresa o despacho se va a caer? Tampoco lo creo.
¿Me voy a arrugar? Sí, eso sí.
¿Me pagarán el bótox como prestación? Definitivamente NO.
Como me recuerda mi psicóloga: “los límites no se los pones a los demás, los límites te los pones a ti misma”. Podemos llenar todas las encuestas de clima laboral y compartir memes con nuestros besties coworkers sobre lo cansadas que estamos, pero nada de eso pondrá límites por nosotras.
Los límites nacen de uno mismo. Y en la medida en que soltemos poquito a poco esa culpa por no estar frente a la compu o al celular cuando nuestro cuerpo y mente lo piden, podremos realmente descansar y recuperarnos.
Así que esta es una atenta invitación —incluida para mí misma— a reservar energía para todo lo demás que también es éxito: para el chisme con las amigas, para abrazar a tu perrito, para organizar ese viaje, para leer ese libro que lleva meses en el buró y por supuesto, para ponerte botox.
Porque al final, eso también es éxito. Y nadie se arrepiente de los momentos que invierte en quienes ama (incluída una misma)… pero sí de haberlos perdido por contestar esa llamada.
*El contenido de este artículo es publicado bajo la responsabilidad de su autora y no necesariamente refleja la posición de Abogadas MX.